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lunes, 21 de septiembre de 2015

Faro de la Pierre de Herpin

Después de las vacaciones veraniegas, retomamos la actividad del blog. Para ello, vamos a mostraros diferentes faros bretones que hemos visitado a lo largo de varios años.

El faro de la Pierre de Herpin (48°43’766’’ N - 01°48’904’’ W) indica la entrada de la bahía del Mont Saint-Michel. Está construido sobre la roca de la Pierre de Herpin al noreste de la punta de Grouin, en el pueblo de Cancale. La torre es cilíndrica y tiene una altura de 23.77 metros. Su base redonda proporciona una gran resistencia a las olas.

La construcción de este faro fue aprobada el 25 de octubre 1864, pero no comenzó hasta 1876. Es del mismo estilo que el faro Grand Jardin (Saint-Malo), con la diferencia de que no fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial. El faro se encendió en 1882.

En 1909, se instaló una sirena de niebla que se sustituyó en 1932. En 1940, durante la ocupación, el faro se cerró, aunque se llevó a cabo su mantenimiento quincenalmente. En 1954, el Comité de Faros eliminó la señal sonora con el fin de reducir el consumo de energía. Después de muchas intervenciones, en 1964, la sirena volvió a funcionar. En 1970, se electrificó.

Su luz es de grupo de ocultaciones cada 6 segundos con un alcance de 13.6 millas náuticas.

Actualmente opera con una lámpara halógena de 90 vatios para la luz principal y una de 40 para la de reserva.

Este faro está automatizado y se controla desde Saint-Malo.




miércoles, 29 de julio de 2015

Faro de Cabo Ortegal

Este faro situado en el Concello de Cariño (43º46’3’’N-07º52’2’’W) se proyectó en 1982, fecha en que se aprobó por Orden Ministerial y terminó de construirse en 1983.

Su torre circular, de tipología normalizada, está construida en hormigón y tiene 3 metros de diámetro y 10 metros de altura. Es blanca con una franja roja y tiene dos balcones volados de 4.70 metros de diámetro.

La óptica es dióptrica y alberga en su interior una lámpara incandescente. La altura del plano focal es de 124 metros. La luz es de grupo de ocultaciones cada 8 segundos con un alcance de 18 millas náuticas.

Frente al faro se pueden contemplar Os Tres Aguillóns, tres peñascos afilados que desafían la bravura, nada menos, que de dos mares. Este impresionante conjunto ya fue citado hace siglos por el griego Ptolomeo con el nombre de Los Tres Blancos, acaso en referencia a la espuma que bate sin descanso estos islotes, o quizá al guano generado por la gran colonia de arao que existía.

Este punto es el origen de la Gran Ruta de Senderismo del Medievo (GR50). Única de este tipo en la Rías Altas, une este lugar con el casco histórico de Betanzos. Del mismo modo, en este paraje se encuentran las rocas más antiguas de Galicia.

Hacia el Oeste, poco a poco los acantilados van ganando en altura sobre el Atlántico. Se divisa en primer término la sobrecogedora Punta do Limo. Tras ella, la cota máxima de 613 metros sobre el mar la fija Vixía Herbeira. Este enclave es el acantilado marino más alto del centro y sur de Europa, sólo superado por algunos fiordos noruegos.

El cabo limita hacia el Este con la primera ría del Cantábrico, compartida por Cariño y Ortigueira. Es uno de los estuarios más importantes de Europa. Más allá se asoma al Cantábrico el cabo de Estaca de Bares, a menudo difuminado por la bruma.




miércoles, 22 de julio de 2015

Entrevista en el "Hoy por Hoy Guipúzcoa"

Entrevista al presidente y al secretario de nuestra Asociación en el "Hoy por Hoy Guipúzcoa", de la Cadena SER.



sábado, 4 de julio de 2015

El faro de Punta Estaca de Bares

Una vez conocidos los faros más cercanos, vamos a descubrir algunos de los que hemos tenido la gran suerte de haber podido visitar.

Situado en pleno corazón de las rías altas, sobre el cabo que sirve de entrada a la ría de O Barqueiro, es el faro más septentrional de toda la península (43º47’3’’N - 7º41’0’’W). Está emplazado en una meseta llamada Ventueiro, sobre un montículo cuya prolongación forma a llamada "Punta de la Estaca de Bares", de la que recibe el nombre y que es la frontera imaginaria entre el Océano Atlántico y el Mar Cantábrico.

Sus antecedentes históricos comienzan en 1846 con una propuesta de establecimiento de dos nuevos faros, uno en Fisterra y otro en cabo Ortegal. Consultada la opinión de los marineros y prácticos, se cambia la ubicación prevista en Ortegal por un faro de primer orden en la Estaca de Bares y se ordena la confección de los proyectos, formando parte del Primer Plan de Alumbrado de las Costas Españolas. Elaborado el proyecto por el ingeniero Félix Uhagón, comienzan los trabajos en el mes de diciembre de 1849, bajo un continuo y fuerte temporal. Su costo fue de 131830 reales. En los meses de junio y julio siguientes se colocó el equipo óptico, y después de haberse encendido para hacer las pruebas necesarias, empezó a alumbrar definitivamente el 1 de septiembre de 1850, con la apariencia de luz blanca giratoria con eclipses de minuto en minuto.

Estaba servido por tres torreros, primero o mayor, segundo y tercero. Tenía una lámpara mecánica Sautter de las del tipo de relojería, compuesta de varias partes: la máquina, el depósito de aceite, el cuerpo de la bomba, los tubos de ascensión y el mechero. Este último era de cinco mechas y utilizó a lo largo del tiempo como combustibles el aceite de oliva, la parafina y el petróleo. Funcionó de este modo hasta el 20 de agosto de 1905. Salvo la modificación del carro circular realizada en el año 1861, según el proyecto de Lucio del Valle para aminorar los desgastes de las pistas de rodamiento, apenas tuvo otras reformas. El 16 de septiembre de 1948 entró en servicio una nueva máquina de relojería, con lo que aumentó su velocidad para dar la apariencia de luz variada de destellos cada 10 segundos. El Plan General de Obras Públicas de 1939 aprobaría su electrificación y la instalación de una linterna aeromarítima y una sirena, lo que supondría un cambio sustancial en la habitabilidad y en el aspecto externo. El proyecto data de mayo de 1949 y su ejecución dio como resultado el aspecto que hoy tiene el faro.

Con la adopción del faro por la Autoridad Portuaria de Ferrol - San Cibrao en 1993, se instaló un equipo luminoso completamente nuevo. También fue monitorizado en su totalidad para ser supervisado desde el Centro de Control situado en el puerto de Ferrol. En el año 1998 se elimina el radiofaro circular LB-100 y se instala una estación de DGPS de referencia para Datum WGS84 que se encuentra funcionando en la actualidad. En el año 2003 se realizó una importante rehabilitación y mejora de su aspecto exterior. En el año 2005, Puertos del Estado, instaló una estación base AIS (Automatic Identification System), cuya principal función es dar información a un centro de control sobre los buques que navegan por la zona. La luz es de grupo de dos destellos, cada siete segundos y medio, teniendo un alcance nominal de 25 millas náuticas.




jueves, 21 de mayo de 2015

Se subasta lo público

En Baleares, Valencia, Andalucía, Galicia… Puertos del Estado tiene un objetivo: hacer negocio con los faros españoles. A ellos les es indiferente dónde esté el faro, su historia o su valor arquitectónico, lo único que miran es si se puede hacer negocio con él.

Hablar de faros es hablar de historia: año de construcción, altura de la torre, alcance de su luz, ritmo de sus destellos… Sin embargo, Puertos del Estado es incapaz de ver la historia y la cultura que encierran porque, para Puertos del Estado, hoy, los faros son solamente un posible buen negocio. Los metros de la altura de su torre no importan: no son euros. El ritmo de su luz no tiene valor: no se escribe en euros. Los años de servicio no cuentan: no son euros a recaudar.

La gente de Galicia, de Asturias, de Cantabria, de Cataluña, de Baleares, de Valencia, de Murcia, de Canarias y de Andalucía podemos crear en cada Comunidad una Asociación y unirnos después todas ellas en una federación, en una plataforma para la defensa de los faros. Solamente hay una posibilidad de vencer: unirnos. Si no nos unimos, si no lo hacemos juntos, no tenemos nada que hacer en esta batalla. No se puede esperar a que otros abran los caminos para después pasear por ellos: tenemos que abrirlos nosotros. Tenemos que trabajar juntos; si no dentro de un tiempo veremos muchos faros españoles convertidos en restaurantes y hoteles de lujo. Echaremos la culpa a Puertos del Estado porque hizo negocio de la historia, de la cultura, pero todos seremos responsables de ello, porque no hicimos nada para evitarlo.

Las malas acciones no son responsabilidad solamente de aquellos que las comenten, lo son también de quienes conociéndolas no hacen nada para evitarlas.




miércoles, 6 de mayo de 2015

El faro de Biarritz

El faro de Biarritz fue construido entre 1830 y 1834 sobre una cueva en la cima del acantilado de la Punta de San Martín (43º29´38´´N - 1º33´14´´W).

Su torre es ligeramente troncocónica, con 47 metros de altura y 76 metros sobre el nivel del mar.

Al ascender los 248 escalones, en la balconada, la vista del sur de las Landas y el Pirineo es impresionante.

Este faro tiene la particularidad de marcar la frontera entre los dos ambientes costeros. Por una parte, está la costa de arena de las Landas y, por otro, las rocas y acantilados de la costa del País Vasco.

El faro se amplió y electrificó en 1953. En noviembre de 2009 se inscribió como monumento histórico.

Su luz blanca es de grupo de dos destellos, cada diez segundos, teniendo un alcance nominal de 26 millas náuticas. La óptica actual es de 1904 y es de 4 paneles de lentes concéntricas.

Actualmente está automatizado y dirigido desde Baiona, y se puede visitar.




Le phare de Biarritz a été construit entre 1830 et 1834, sur une grotte en la cime de la falaise de la Pointe de Saint Martin (43º29´38´´N - 1º33´14´´W).

Sa tour, légèrement troncoconique, a 47 mètres de hauteur et se trouve à 76 mètres au-dessus du niveau de la mer.

Quand on monte les 248 marches, la vue depuis le balcon du sud des Landes et des Pyrénées est impressionnante.

Ce phare a la particularité de marquer la frontière entre les deux côtes. D'un côté, on trouve la côte de sable des Landes, de l'autre les roches et falaises de la côte du Pays Basque.

Le phare est agrandi et electrifié en 1953. En novembre de 2009, il a été inscrit comme monument Historique.

De lumière blanche, Gp. 2D., 10sg, lui donne une portée de 26 m. L'optique actuelle date de 1904 et est de 4 panneaux de lentilles concentriques.

Automatisé et dirigé depuis Baiona, il est ouvert à la visite.


miércoles, 15 de abril de 2015

Sangre farera

Hoy conocemos la fascinante historia de Marina. Gracias a nuestra amiga Iria (@irirarara) por haber recogido todo su sentimiento en el siguiente escrito y a Marina por hacernos partícipes de sus vivencias:


El ruido del mar. La soledad. La paz de la naturaleza. La lejanía del asfalto. Los faros arrastran consigo un halo de misterio, de romanticismo y de nostalgia. La vida en un faro bien podría tratarse de una vida idílica, novelesca, de ensueño. Aunque Marina nos diga que, para ella, siempre haya sido “una vida muy normal”. Lo dice quien lleva los faros en sus genes: “La historia se remonta a mi bisabuelo materno por un lado y a mis abuelos materno y paterno por el otro”, cuenta. Todo un árbol genealógico ligado a los faros.

A los 23 años, cuando se trasladó a vivir a Barcelona, empezó a valorar realmente “la gran suerte de vivir en lugares paradisíacos y no en un piso en el que tienes que sacar la cabeza por la ventana para saber el día que hace”. Hasta entonces había vivido en cinco faros distintos repartidos por todo el país. También su madre se crió en un faro de Almería y su padre pasó la infancia entre faros en Canarias y Baleares. “Cuando fueron adultos decidieron que ésa era la vida que querían y se fueron a Madrid a estudiar las oposiciones para ser también ellos fareros. Allí se conocieron y se enamoraron”.

Su primer destino en esa nueva vida juntos fue una isla remota en mitad de la ría de Vigo que se quedaba aislada con la marea alta. Allí vivió sus primeros años Marina hasta que, a los tres años, la familia se mudó a un faro en Almería. “Mis padres recorrían 80 kilómetros diarios para llevarme a la guardería y que pudiese estar en contacto con otros niños”, relata. Porque, ante todo, sus padres quisieron que ella tuviera una infancia ‘normal’.

Tres años después trasladaron a su padre a Tarragona. Durante dos años vivieron en un faro que estaba integrado dentro del pueblo “por lo que la vida del farero allí no se correspondía con el tópico de soledad y aislamiento”, explica. Y dos años después, la tercera mudanza. Esta vez el destino era Mallorca, la tierra de su padre.

“Allí viví en el faro más impresionante en el que he estado nunca, en la bahía del Puerto de Pollença”, asegura. Un faro aislado, “para acceder a él había que pasar un control de la Guardia Civil”. Su padre era el encargado además de otros faros de las zona, entre ellos del mítico faro de Formentor “el segundo más conocido de la isla, que a día de hoy es un restaurante”, apostilla.

Cuando Marina habla de la normalidad de su infancia hace hincapié en que sus padres hicieron todo lo posible porque tuviera una rutina como la de cualquier niño de su edad. Pero el colegio y las tardes de juego con los amigos convivían con otros pasatiempos un tanto más peculiares: “De aquella época recuerdo con muchísimo cariño las horas pescando con mi abuelo y con mi padre por las rocas que envolvían el faro, meciéndome en columpios hechos en pinos con cuerdas y tablas, jugando con palos, piedras y ruedas a que iba en una nave espacial, nadando en preciosas calas a las que nadie más sabía acceder, paseando por las ruinas romanas que había al otro lado de la montaña y a las que nadie más podía llegar, cuidando a la cabra que teníamos como mascota (la encontramos abandonada en las ruinas y nos la llevamos a casa), leyendo muchísimo sentada en la ventana…”

Si algo negativo destaca de su infancia fueron las continuas mudanzas. Y aún quedaba una más: “Recuerdo el día en que mi madre, en mitad del curso, me dijo que volvíamos a movernos. Lloré lo que no está escrito, no sólo por lo feliz que era en aquel faro y lo adaptada que me sentía en el colegio sino porque me iba a vivir a una casa del faro”. Es decir: en este caso la propia torre del faro está situada a varios metros de la casa, en un espigón; mientras que la vivienda está separada y es como una casa normal. “Me costó un poco al principio”, reconoce. Fue la última mudanza de la familia.

El cambio favoreció también la integración de Marina. Ahora tenía la suerte de vivir en un sitio único pero, a la vez, estar cerca de sus amigos, lo que le permitió reforzar amistades y realizar otras actividades sin la barrera de la distancia. “Allí he pasado más de la mitad de mi vida y nunca me he sentido demasiado distinta por el tipo de vida que he llevado, precisamente porque mis padres intentaron normalizar la situación al máximo y hacer que fuese una persona con una vida como la de cualquier niño”, reitera.

Pero lo cierto es que su estilo de vida sí le enseñó valores diferentes: Marina admite haber podido vivir en lugares privilegiados, haber tenido a su padre trabajando en casa hasta que ella tuvo nueve años favoreciendo así un contacto y atención constante (“entonces se automatizaron la mayoría de faros de Baleares y tuvo que empezar a ir a la oficina”, explica) y haber tenido el lujo de vivir en contacto con la naturaleza. Unas circunstancias que le han hecho desarrollar unas cualidades y capacidades que, a su juicio, un niño de ciudad no desarrolla con facilidad: “Me paso horas mirando las estrellas con mi padre, desarrollé mucho el juego simbólico y la imaginación, he tenido mucho tiempo para leer y escribir, puedo reconocer la hora del día por el color del cielo, sé cuándo va a llover gracias a la forma de las nubes, trepo por las rocas con facilidad, tengo un respeto absoluto por la naturaleza y me siento parte de ella…”

Y, cómo no, la dependencia del mar. Una necesidad de la que no fue plenamente consciente hasta que con 23 años se fue a vivir a Barcelona donde no lo tenía tan a mano en su rutina diaria. Alejarse de la playa varios días le afecta el ánimo ya que, afirma, para ella el mar es terapéutico “aunque pueda parecer exagerado, supongo que es por todo lo que representa”.

El mito que va unido a los faros, reflexiona, está más relacionado con la vida que llevaron sus padres o sus abuelos. “Ellos sí vivieron en lugares totalmente aislados e iban a tierra firme (cuando vivían en islotes) o bajaban a la ciudad sólo una vez cada mes o dos meses. Ellos sí vivieron sin electricidad ni agua corriente hasta los años 80, iluminándose con quinqués, pescando para ganarse un sobresueldo y poder dar estudios a sus hijos. Ellos sí me cuentan historias de las que nunca me canso”, sentencia.

La vida de Marina irá siempre ligada al mar, al olor a salitre, al sonido del viento y a la luz de los faros. No puede evitarlo, sus dos apellidos están asociados con los faros. Ella nos habla con orgullo de su familia y nos cuenta que su tía fue la primera mujer farera de España. “Entre unos y otros han recorrido casi todos los faros importantes del país” .